Gato encerrado

Llevaba casi un mes buscando un nuevo sitio donde vivir. De momento, lo mejor que se podía permitir era un quinto sin ascensor de treinta y seis metros cuadrados. Eso sí, cerca del centro. Cuando vio el anuncio de una casa unifamiliar por más o menos el mismo dinero que costaba un apartamento tipo loft, no se lo pensó dos veces. Es verdad que estaba más alejada del centro, pero era una zona residencial agradable y bien comunicada. Incluso podría ir a trabajar en bici. Además, a juzgar por las fotos, el estado de conservación de la casa era sorprendentemente bueno. Hasta contaba con un pequeño jardín.

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La noche

El brillo carmesí que se hunde en las lomas del extremo más lejano del pueblo es el indicio fehaciente de que hay que apresurarse. Apenas restan unos minutos de claridad antes de que el sol termine de ponerse y la oscuridad inunde las calles adoquinadas y los campos de cultivo aledaños. Cuando eso ocurra, las criaturas de la noche saldrán de sus guaridas y recorrerán cada recoveco buscando su ansiada recompensa. ¡Hay de aquel que hallen desprevenido!

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Gol

La situación en la fábrica cada vez era más insoportable. El exiguo salario que recibían por unos turnos extenuantes apenas bastaba para sacar a flote a sus familias. Se oían rumores de revueltas más al norte, en las regiones mineras. Colbridge & Mills era una olla a presión, solo hacía falta una chispa para que saltara todo por los aires. Las demás fábricas de la región no iban mucho mejor.

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Oh, Fortuna

Lucía andaba presurosa para intentar llegar a tiempo de coger el tren de las 19:22. Ya lo había perdido dos veces seguidas y volverlo a perder le apetecía tanto como que le amputaran un pie a mordiscos. Encima, había llovido y las aceras mojadas eran una trampa mortal para sus zapatos de medio tacón. Afortunadamente, llegó al andén a tiempo y de una pieza. Sin embargo, le hubiera dado igual llegar un poco más tarde, porque el tren venía con siete minutos de retraso.

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Freelance

–¡Eh, eh! ¿Qué diablos estás haciendo?
–¿Cómo que qué estoy haciendo? ¿No lo ves? Voy a montarme en el coche.
–¿Estás tonto? ¿No ves que tienes los zapatos sucios? No puedes conducir con esos zapatos, vas a dejarlo todo perdido.
–Nos ha jodido, aquí, Don Limpio. Ni que fuera tu coche.
–A ver, pedazo de inútil, usa la cabeza. ¿Quieres que nos trinquen?
–Tío, tú has visto mucha televisión. Nadie nos va a trincar por un poco de barro en el suelo del coche.
–Gilipollas, no hablo del barro. ¿No ves que has pisado la sangre?
–¿Qué dices?
–¡Perdices! Tienes que deshacerte de esos zapatos con cuidado de no mancharte y de no manchar nada. ¡Menudo inútil estás hecho!
–Mira, me estás hartando ya. El coche es mío y estoy a nada de dejarte aquí tirado.
–Lo que vas a hacer es callarte esa boca que tienes, quitarte los zapatos y meterlos en una bolsa antes de empeorar las cosas. Después, me vas a dar las llaves del maldito coche, te vas a sentar en el asiento del copiloto y me vas a dejar conducir a mí. ¿Está claro?
–Que sí, joder. Lo que tú digas, que para eso eres el jefe.

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Camino de Invierno

Julián se ha dejado engañar por Pedro y Marina para hacer con ellos el Camino de Santiago. La verdad es que, a él, el deporte nunca le ha entusiasmado; y lo de pasar hambre, sed, calor, frío y, sobre todo, agotamiento y extenuación, todavía menos. Sin embargo, ahora que llevan tres semanas de albergue en albergue, debe reconocer que le está gustando más de lo que creía a priori.

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